El don
"Al día siguiente me apresuro a volver al bosque, pero Noïark sigue de pie y ningún árbol ha sido tocado, ni siquiera marcado con el signo fatídico de los forestales.
- ¡Ah, qué bien me hace verte, hablarte, acariciarte, Noïark!
Un temblor de viento hace reír de nuevo todas sus hojas. Ese viento, quiero decir, la brisa que se pretende viento, no es en absoluto el mismo que el de mi sueño: la discreción de su soplo me llena de una gran calma. Lo que caracteriza a los malos vientos es que son insinuantes cuando quieren ser suaves, e impacables cuando son fuertes. Además, suele ser o muy fríos o muy cálidos, o demasiado fuertes o demasiado débiles. Tienen como un soplo en un sentido inverso del de su fuerza. Pero el temblor de las hojas iluminadas de Noïark hace desvanecer un poco los vestigios de mi pesadilla.Y ese estremecimiento de las hojas parece decirme:
- No te preocupes, todavía falta mucho para que me hagan caer, pero los otros...
- ¿Los otros?
- No, nada...
- Así pues, mi sueño tenía razón!
- No escuches tu sueño. Sé feliz y déjate llevar por la risa de nuestras hojas.
- Árbol mío, mi buen maestro, qué feliz me siento de poder aún alzar el rostro para admirarle igual que a los demás - le dije esforzándome en disipar mi malestar.
Te extrañaría, tal vez, a ti que me estás leyendo, que dé el título - tan magnífico y tan denigrado - de maestro a un árbol. Pero sabe que el Espíritu se manifiesta a través de todo y, digan lo que digan los científicos de la materia, el Espíritu no tiene necesidad de cerebro de los hombres ni de sus cinco sentidos oficiales para manifestarse. Si la presencia del hombre en la tierra ayuda a su pesar (y muy mal, además) al Espíritu a revelarse y a realizarse, éste puede igualmente actuar sin él. Toda línea, volumen, color, sonido y luz no son sino expresiones suyas. Lo atraviesa todo como un agua invisible y todo lo que existe le sirve de canal para fluir.
Si te sobrepones, por ejemplo, a la repugnancia de observar un gusano de la carne, te darás cuenta de que es una luz, digamos una esquirla de luz, caída, quizá, muy abajo, pero tan abajo que no podría recuperarse si no es adquiriendo alas para ir a deslumbrarse hasta su desaparición en la violenta luz de la vida.
Y si al pasar por el cementerio tu oído interior se exaspera hasta el punto de oír pudrirse y estallar a los muertos, sabe que no son sino antiguas crisálidas de almas que fueron modeladas para que éstas pudieran incubarse. El crimen de nuestra sociedad es hacernos creer que el ser humano está hecho de una sola pieza y que no hay más que el hombre como única salvación de él mismo en el universo.
Mi encuentro con Noïark es un encuentro con el Espíritu. Por eso me siento tan lleno de él como una mujer embarazada está llena hasta en lo más recóndito de sí misma de la presencia de otra vida en devenir. Sé que un día yo también tendré que hacer acto de maternidad.
- Noïark, he aprendido tanto de ti…; a veces no llego a ausmir mi restituir toda esta riqueza con la que me colmas, pues amar ¿no es acaso también restituir?
- Sí, amar es también restituir. El Amor es un espacio que no conoce límites, pues es el espacio del arrebato, el único en el que pueda echarse a volar libremente sin verse obligado a posarse para alimentarse y descansar.
- ¡Es el espacio del Pájaro!
- Es el espacio del Pájaro que ya no tiene más hambre, pues la luz del mundo es su único alimento.
- ¿Tiene este amor algo que ver con el de los árboles que andan?
- Tiene que ver con muy pocos de ellos. El amor es un compartir que no se limita al otro. Es un soplo, un viento que lleva muchas semillas; pero para las tierras que están demasiado secas o heladas para hacerlas germinar. Cuando amas, debes hacer libre a quien amas.
- En mi amor por ti, ¿Te doy bastante, Noïark?
- Me das tanto como puedes recibir, pero para recibir hay que estar dispuesto. Una copa sucia o llena de veneno no puede dar sino un agua sucia o envenenada. Si recibes mal, no podrás sino dar mal. Mira la luz y el agua del cielo; si yo las recibiera mal, no sería quizá el árbol que he llegado a ser. Pero aun así, un día recibiré tal vez un rayo y moriré… El árbol que soy hecho tanto para recibir como para dar.
- ¿Dar es acaso olvidarse de uno mismo?
- Dar es prolongarse a otra parte, es recibir también, pues todo lo que da recibe al mismo tiempo, aun cuando no se vea.
- Cuando das, haces estallar dentro de ti una fuerza que se proyecta afuera, y el que recibe debería prolongar en otros el acto de dar. Dar es también aprender a morir, te despojas de algo y la vida no es más que el aprendizaje de la muerte.
- Sigo sin entenderlo, Noïark.
- Cuando das, olvidas quién eres en el momento en que das, pues es algo de ti mismo que se va a otra parte; morir, es dejar de saber quién es uno.
- ¿Por qué es necesario olvidarse de saber quién es uno?
- Es necesario porque te hace libre de una imagen de ti mismo; hace cambiar cada vez la manera en que te imaginas quién eres.
- Saber quién soy es también construirme.
- Es bueno saberlo para olvidarlo en seguida, a fin de descubrir de nuevo en quién te vas a convertir; esto te permite renacer cada vez. Hay árboles que andan que viven toda una vida con una sola y única imagen que se han hecho de sí mismos, ¿ves la dificultad…?
- ¿Da verdaderamente la naturaleza, Noïark?
- No da, se regala. Los árboles que andan lo saben, por eso se sirven de ella más de lo necesario.
- Háblame del don, Noïark.
- El don es más fuerte que el acto de dar. Implica, con respecto al que recibe, el deber de utilizarlo y protegerlo.
- ¿Cómo proteger el don que uno ha recibido?
- Cultivándolo y considerándolo de esencia superior. Ese don es como un árbol que no cesara de dar frutos.
Se calla un instante y continúa:
- La suerte acompaña al don.
- Explícate mejor.
- Puede ser que cuando yo era una semilla me haya beneficiado de la intención de un árbol que anda que encontró este lugar para hundirme en mi tierra. Entonces tuve muy buena suerte, quién sabe, tal vez inscrita en el destino de las cosas. Eso no quita que haya tenido que estar bien protegido por la tierra. Otros árboles que andan podrían haberme arrancado cuando era pequeño y frágil, podrían haberme comido los animales, o haberme apagado la sombra de los otros árboles, o matarme el frío…
Se calla una vez más, como pensativo, antes de proseguir:
- El don es como una luz que tiene necesidad de saber a quién ilumina. Hay árboles que andan que tienen en su fruto que late muchas semillas para dar, pero son bien raros. Dar es hacer cantar tu fruto que late en el corazón del otro. ¿Te basta?
Me basta con creces. Tantas revelaciones me dejan pensativo. Pienso en la naturaleza. Es tan violenta su necesidad de ser y sin embargo tan sensible a la dulzura del hombre, como si supiera que él puede hacer algo por ella. Sin embargo, a propósito del don, conozco tierras que dan y otras que no dan nada. La tierra y el cielo me han dado la vida para quitármela después. El sol da su luz, pero come los colores.
- Piensas demasiado – interviene Noïark a quien no se le escapa ni uno de mis pensamientos -, piensas demasiado; tú no conoces los designos del mundo. Sin embargo los árboles que andan no tienen por qué quejarse de todo lo que les da la tierra, aunque hayan tenido que esforzarse para mantener sus ofrendas, pero toda riqueza que ha sido merecida vuelve más fuertes a los que la han obtenido.
- ¿Un árbol que anda es más fuerte cuando come un pan en el que ha puesto su esfuerzo y su sudor, Noïark?
- Sí, porque el pan que ha hecho él mismo tiene el gusto de su sudor que le da la medida de sus esfuerzos.
- Si como mi propio pan ¿no tiene el mismo gusto que el de otros?
- No, no tiene el mismo gusto, ya que en tu pan, es tu voluntad lo que estás comiendo, a través del don y la voluntad de ser de la naturaleza. Podrás entonces juzgar y apreciar el sabor de tu voluntad en el sabor del pan y, si es bueno, tu voluntad será por ello mucho más fuerte.
Miro mis manos. Nunca han trabajado la tierra, nunca han hecho pan. Me siento desconsolado.
- Olvidas que has guiado tantos trazos, has hecho cantar tantos colores, has reunido tantas palabras… - Noïark está tratando de consolarme.
- Pero ¿todo eso estaba bien? – le digo sorprendido por mis dudas de artista.
- ¿Está mi tronco bien recto? ¿se extienden bien mis ramas? ¿Son mis hojas lo bastante bonitas? ¿Se dan bien mis frutos? – ironiza Noïark -. No, lo importante es hacer frutos y sembrarlos hasta que la tierra esté llena de tus dones y tome a su cargo al menos a uno de ellos para hacer de él la vida; así debes hacer con los árboles que andan, hasta que una de tus semillas se ancle en la tierra de su corazón y se ponga a germinar.
Me quedo un largo rato sentado al pie de Noïark, para poder imaginar sus palabras, mirando las nubes que corren empujadas por los vientos, como presurosas de ir a darse en lluvias para fertilizar otros lugares.
La naturaleza tiene leyes que obligan al don: la vida que arde dentro de ti es el don de todos sus fuegos. Pero es tan difícil dar como recibir."
La enseñanza del árbol maestro. Mario Mercier
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